Reconozco que, en ese primer impulso, asimilo a Italia, Venezuela, la Argentina o Rusia con los últimos países mencionados. "Pobres gentes", piensa uno de todos. "Qué mala suerte, lo que tienen que soportar".
Es sólo más tarde cuando se ve impelido a corregir el sentimiento de lástima: cuando cae en la cuenta de que en realidad el grueso de los italianos, venezolanos y argentinos (por seguir con estos tres ejemplos, habría más) no merecen ninguna conmiseración, porque llevan años eligiendo, en votaciones vagamente democráticas, a esos espantosos gobernantes sin apenas sentido de la democracia y que provocan vergüenza, amén de incontables males para sus países. En el caso de Italia me cuesta más retirarles la compasión, y se la mantengo a esas amistades desesperadas que -me consta- nunca han tenido arte ni parte en la perpetuación de Berlusconi ni de Bossi. Pero, con la razón, no puedo mantenérsela al conjunto de la población, responsable directo de lustros de desastroso gobierno, cuasi totalitario y grotesco. "La salvación ha estado en su mano, a diferencia de las naciones en que no hay posibilidad de elegir; y, a sabiendas, han escogido la calamidad".
Hoy votamos aquí, y como dije hace semanas, se trata más bien de inclinarnos por quienes nos dan cien patadas o por quienes nos dan noventa y nueve y media. Así es, al menos, para una porción notable del electorado. Los dos partidos que pueden gobernar ya lo han hecho, luego no podemos llamarnos a engaño ni podremos escudarnos en que no sabíamos, en que confiamos en alguien nuevo que después nos defraudó.

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